“JESUCRISTO: CAMINO, VERDAD Y VIDA”
Orientación pastoral
+ FRANCISCO ROBLES ORTEGA,
Arzobispo de Monterrey
IV. LA PASTORAL CON LOS JÓVENES.
1. La situación actual.
Nuestra arquidiócesis es una comunidad joven. Casi la mitad de sus miembros no superan los 30 años. Por ello, la juventud debe ser uno de los campos prioritarios en nuestra labor pastoral.
Los jóvenes son, seguramente, los más sensibles a los cambios culturales que estamos viviendo. De este modo, podemos observar cómo en ellos tiene una mayor incidencia la “anemia espiritual” que se extiende en nuestra sociedad o cómo se adhieren con su comportamiento, de modo inconsciente, a un modelo de vida insolidario caracterizado por la búsqueda de la autonomía personal y la obsesión por el bienestar y el placer. Los valores morales transmitidos y defendidos por la Iglesia aparecen muchas veces para ellos como una represión de la libertad que actúa contra sus tendencias naturales y, en la práctica, conciben la libertad como una simple ausencia de “trabas”, y no como el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar por sí mismos acciones deliberadas 1.
Así, muchas veces, las conquistas de esta libertad no son sino ocasiones de poder hacer lo que “me apetece”, sin ninguna connotación moral, que sería considerada represiva de la natural espontaneidad. El resultado es una juventud en la que se percibe una fuerte confusión de ideas sobre la moral de la Iglesia , llena de prejuicios y clichés, sin una formación cristiana sólida.
En este ambiente cultural, resulta muy fácil proponer a los jóvenes distracciones que generan consumo o entretenimientos alienantes, pero lo que se necesita es otra cosa. Si queremos darles un futuro mejor, tenemos que ayudarlos a elevarse, a comprometerse con grandes ideales y proponerles actividades que les ayuden a crecer y a colaborar en la construcción de una “civilización del amor” 2.
En la pastoral juvenil de nuestra arquidiócesis se percibe mucha participación de los jóvenes, especialmente en las parroquias y en los movimientos de laicos, pero al mismo tiempo, hay que constatar una pobre formación catequética. Son pocos, como ejemplo, los jóvenes capaces de repetir de memoria los Diez Mandamientos, y es muy superficial la visión que tienen de la doctrina cristiana sobre la sexualidad y el matrimonio. Sólo una exigua minoría tiene una vida espiritual sólida y bien cultivada.
El resultado es un número significativo de jóvenes católicos llenos de buenas intenciones, que sustentan la vivencia de su fe en elementos emotivos, con una vivencia superficial del cristianismo, que muchas veces aparece reducido a su dimensión comunitaria, sin una relación personal y profunda con Cristo. Como consecuencia de esta falta de bases sólidas, asistimos a un aumento desmedido de los problemas de relación con la familia, al incremento de las adiciones y a una vivencia de la sexualidad que pasa de ser un “lenguaje” de comunión a convertirse en un “lenguaje” de autosatisfacción. También se percibe en muchos casos una adhesión muy exterior a la Iglesia , sin convicciones profundas y sin un compromiso personal de seguimiento de Cristo.
Por lo tanto la pastoral juvenil debe desarrollarse asumiendo que la juventud es una realidad diversificada: adolescentes y jóvenes, jóvenes obreros, jóvenes de colonias populares, jóvenes en situaciones críticas y por la realidad específica de nuestra ciudad se hace necesaria una auténtica pastoral universitaria. Esta pastoral deberá hacer más transparente y cercano a los jóvenes universitarios el mensaje de la Iglesia que hoy llega en una escasa medida a ellos. Sobre todo, teniendo en cuenta que los jóvenes universitarios participan de un pluralismo ideológico en el que conviven todo tipo de corrientes y posturas ante la pregunta por el sentido de la vida. Ante tantas visiones divergentes que se ofrecen con pretensiones de verdad existe el riesgo de relativizar el valor de todas ellas. No pocos universitarios sienten la necesidad de reformular su fe, conseguir una nueva síntesis cristiana ante la vida pero de hecho no lo logran. Más bien ante tantas visiones divergentes el resultado no es siempre una igual estima y valoración de todas las propuestas sino por el contrario un indiferentismo y una falta de estima de todas las religiones, incluyendo la propia.
2. Los jóvenes, prioridad de la Iglesia. 3
Ante la constatación de estas situaciones, hay que recordar que la juventud es el momento de la vida en que el ser humano se hace , se construye a sí mismo. Es, por tanto, un período de trabajo en la formación personal, en la forja del carácter, en la solidificación de las convicciones que servirán para regir la vida. Por ello, si los jóvenes son en sí mismos una tarea, también son una tarea para la Iglesia , uno de los principales trabajos de la Iglesia si aspira a forjar una sociedad edificada sobre valores cristianos.
Los jóvenes son una tarea fundamental de la Iglesia si de verdad quiere evangelizar, descubriendo a los hombres y mujeres de cada tiempo la salvación de Cristo y la verdad de su revelación.
La juventud es el momento en que el ser humano busca el amor como un medio fundamental en su crecimiento y realización. La juventud es el período en que se hace más deseable la donación completa al otro o a los demás, y es seguramente el período de la vida en que está más vivo y ferviente el deseo de poner la vida a disposición de otra persona o a disposición de Dios y de todos los hombres. Juventud es donación, entrega de sí mismo, generosidad. Por ello, es, sin lugar a dudas, el mejor momento para presentar el ideal de la santidad cristiana nacida del amor. El joven busca el amor como marco para su realización, y la Iglesia , siguiendo a Cristo, hace del amor el centro de su mensaje y el instrumento para realizar su misión. Ahí confluyen la Iglesia y los jóvenes, en esa prioridad del amor. Es un largo recorrido; no es un camino que se concluye en una jornada, sino una meta siempre presente que impulsa a la voluntad y da ánimo para superar las dificultades y sobrellevar los sufrimientos. El amor es el gran punto de confluencia entre los jóvenes y la Iglesia , pero un amor real, no una simple emanación sentimental de la sensibilidad. Es un amor que toca completamente la vida y la empuja hacia la cumbre de la felicidad. Pero es un amor que sólo será auténtico si está unido al amor de Dios en el que el hombre puede confiar siempre 4, ya que “la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” 5. Es el amor del que ninguna criatura nos puede separar 6, el verdadero amor que se hace obras de correspondencia al amor de Dios 7.
Los jóvenes son la prioridad de la Iglesia. Ellos nos demandan las mejores fuerzas y los recursos más eficaces de la acción apostólica. Esperan nuestras respuestas, nuestro testimonio. La juventud de hoy “expresa un deseo profundo, a pesar de posibles ambigüedades, de aquellos valores auténticos que tienen su plenitud en Cristo. ¿No es, tal vez, Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda del corazón? ¿No es Cristo el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad auténtica? Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la Cruz” 8.
Los jóvenes son los centinelas del mañana 9, los que construyen la civilización del futuro, los que se abren a la vivencia plena de su vocación cristiana o permanecen cerrados a ella de forma irremediable. La arquidiócesis de Monterrey es una arquidiócesis de jóvenes, y de jóvenes inquietos, con deseos de hacer algo grande que dé sentido a sus vidas y contribuya a mejorar el mundo en el que viven. Sienten las necesidades de los demás como propias, y son sensibles a los grandes desafíos que les presenta el siglo XXI, entre ellos, especialmente, la consecución de una paz verdadera que llegue a todos los rincones del mundo. Los jóvenes poseen una energía transformante que la Iglesia debe saber encauzar hacia la búsqueda del Bien y la Verdad en el amor.
Los jóvenes son para la Iglesia un don del Espíritu Santo 10; le descubren la realidad más profunda de su misión. Los jóvenes nos invitan a fijar la mirada en el Señor, a ser contempladores de su rostro. Si queremos entregar a nuestros jóvenes una Iglesia auténtica, basada en una fe sincera, en una esperanza fuerte y en un amor que no conozca barreras, tenemos que volver a Cristo, el guía de los jóvenes, el único Maestro.
Nos toca contemplar para dar, acercarnos a Cristo para acercar a Cristo, llegar en profundidad al mensaje para poder transmitirlo con profundidad, entusiasmarnos con él para poder entusiasmar.
Los jóvenes, con su entusiasmo, parecen animar a la Iglesia a bogar mar adentro. Nos dicen también que no tengamos miedo a dejar muchas seguridades para meternos a fondo en la vida de la santidad y en la Evangelización de los hombres. Nos invitan a ser más generosos. Nos enseñan a confiar más en la acción del Señor que en nosotros mismos. Hay que dejar la tranquilidad de la orilla y lanzarse al encuentro de Dios y de los hombres.
Ante un mundo donde reina el valor de lo efímero y placentero, hay que redescubrirles sin miedo el camino de la cruz, un camino de amor, que es el camino de la autenticidad en el seguimiento de Cristo. Seguir a Jesús es pisar sus huellas, retomar su estilo de vida, asumir sus valores y convicciones; es aprender a dar a cada cosa su justo lugar, llevar adelante con autenticidad la misión que nos ha sido asignada. No hay que perder de vista que “Jesús no es el Mesías del triunfo y del poder. En efecto, no liberó a Israel del dominio romano y no le aseguró la gloria política. Como auténtico Siervo del Señor, cumplió su misión de Mesías mediante la solidaridad, el servicio y la humillación de la muerte. Es un Mesías que se sale de cualquier esquema y de cualquier clamor; no se le puede comprender con la lógica del éxito y del poder, usada a menudo por el mundo como criterio de verificación de sus proyectos y acciones” 11, es el Mesías de la cruz y hay que presentarlo con autenticidad, como es, como quiso ser. Por ello, no se puede ocultar a los jóvenes que seguir a Cristo es negarse a sí mismo y “negarse a sí mismo significa renunciar al propio proyecto, a menudo limitado y mezquino, para acoger el de Dios: este es el camino de la conversión, indispensable para la existencia cristiana. Jesús no pide renunciar a vivir; lo que pide es acoger una novedad y una plenitud de vida que sólo Él puede dar. El hombre tiene enraizada en lo más profundo de su corazón la tendencia a pensar en sí mismo , a ponerse a sí mismo en el centro de los intereses y a considerarse la medida de todo. En cambio, quien sigue a Cristo rechaza este repliegue sobre sí mismo y no valora las cosas según su interés personal. Considera la vida vivida como un don, como algo gratuito, no como una conquista o una posesión”12 .
No hay que tener miedo de presentar a los jóvenes que seguir a Cristo, ser su discípulo, es tomar con decisión el camino del Calvario. Es llevar la cruz como cireneos que comparten el mismo sacrificio de Cristo buscando el amor. Para el cristiano, la cruz es un signo de amor, no de tortura. “De la misma manera que la cruz puede reducirse a mero objeto ornamental, así también tomar la cruz puede llegar a ser un modo de decir.
Pero en la enseñanza de Jesús esta expresión no pone en primer plano la mortificación y la renuncia. No se refiere ante todo al deber de soportar con paciencia las pequeñas o grandes tribulaciones diarias; ni mucho menos quiere ser una exaltación del dolor como medio de agradar a Dios. El cristiano no busca el sufrimiento por sí mismo, sino el amor. Y la cruz acogida se transforma en el signo del amor y del don total. Llevarla en pos de Cristo quiere decir unirse a él en el ofrecimiento de la prueba máxima del amor”13 .
3. Las líneas fundamentales de la pastoral juvenil.
El Papa Juan Pablo II decía que los jóvenes “tienen necesidad de un guía y quieren tenerlo muy cerca” 14. Por eso necesitan de Cristo, de su palabra, de su persona, de su testimonio, pero sobre todo, de su salvación. La Iglesia es la continuadora de la obra de Cristo; Jesucristo está en la Iglesia y la Iglesia nace de Él 15 . Por eso, sólo ella puede presentar a Cristo a los jóvenes con seguridad y con verdad. Cristo es el mejor guía, el único que tiene palabras de vida eterna y a Cristo lo encuentran en la Iglesia.
Por ello, con urgencia y profundidad, tenemos que emprender un esfuerzo de catequesis razonada y asequible para los jóvenes, que vaya acompañada de un cultivo espiritual de la vida de oración, de la vida sacramental y de todo lo que pueda ayudar a un encuentro personal con Cristo en un diálogo de amor. No tenemos que dejar de lado las iniciativas sociales o asistenciales en las que se involucran los jóvenes, pero todo ello debe edificarse sobre unas sólidas raíces espirituales que den solidez a la vida cristiana. Los jóvenes de nuestra arquidiócesis pueden ser como el ángel de Getsemaní que consuelen al Cristo místico que sufre en muchos de sus hermanos. No podemos contentarnos con ofrecer a los jóvenes una formación superficial que los convierta en “católicos de segunda” y que no sea capaz de llenar sus aspiraciones. Los retiros espirituales, que tanto han proliferado en nuestra arquidiócesis, se deben reorientar para convertirse en un verdadero encuentro con Cristo, más allá de las dinámicas emotivas y de motivación superficial. No hay que tener miedo de ofrecer a los jóvenes el cristianismo en toda su riqueza, a través del silencio que les permite el encuentro profundo con Dios y consigo mismos, de la oración y de la vivencia profunda de los sacramentos. Nuestros jóvenes son sumamente disponibles y no podemos defraudarlos ofreciéndoles una fe “recortada” que no sea capaz de responder a sus anhelos más profundos. Los deseos de participación de los jóvenes de nuestra arquidiócesis no pueden colmarse sólo con una presencia epidérmica en la vida de la Iglesia. Hay que procurar que los jóvenes que pertenecen a coros parroquiales o que realizan otros ministerios de servicio, reciban una sólida atención espiritual y puedan gozar de la posibilidad de asistir a verdaderos retiros espirituales, de tener dirección espiritual, si así lo desean, de poderse acercar a los sacramentos con regularidad y de contar con todos los medios que les puedan ayudar a vivir a fondo su fe cristiana.
La juventud es “no sólo un período de la vida correspondiente a un determinado número de años, sino que es, a la vez, un tiempo dado por la Providencia a cada hombre, tiempo que se le ha dado como tarea, durante el cual busca, como el joven del Evangelio, la respuesta a los interrogantes fundamentales; no sólo el sentido de la vida, sino también el plan concreto para comenzar a construir su vida. Ésta es la característica esencial de la juventud” 16. Estas características convierten a este período en un momento muy especial para la acción pastoral. Es un período en el que, más que ningún otro, hace falta una acción muy personalizada, sabiendo que cada joven es un mundo en sí mismo. Por ello, es muy importante que la pastoral con los jóvenes no se convierta en una acción masiva. Aunque pueden darse eventos masivos como congresos eucarísticos, semanas de estudio, conciertos de música cristiana, pascuas juveniles, encuentros, etc., la pastoral juvenil debe basarse, sobre todo, en el acompañamiento personal del joven, en la dirección espiritual, en el trabajo con grupos homogéneos, diferenciados por edades, adaptados a las circunstancias en las que vive. El trabajo pastoral con los jóvenes es, más bien, acercamiento pastoral a cada joven, guía, motivación y formación lo más personalizadas posible.
De la invitación de los jóvenes que interpelan a la Iglesia pidiéndonos autenticidad y compromiso evangélico, deben surgir las grandes iniciativas pastorales adecuadas a la novedad de los tiempos, pero sólidamente basadas en los mismos principios que han guiado desde siempre a todos los que han tomado en sus manos el testigo de los apóstoles y han seguido el llamado de Cristo a predicar a todos los hombres enseñándoles lo que Él nos ha revelado 17 . Hemos aprendido que nuestra labor pastoral debe presentarse desde el testimonio de la autenticidad de vida y debe hacer hincapié en la oración, en la Vida Eucarística y en el mandamiento del amor.
En efecto, en nuestra pastoral con los jóvenes, tenemos que dar una importancia primordial a la oración. La oración lleva a la experiencia íntima de Cristo, al conocimiento interiorizado de su corazón, de su mensaje. Una vida cristiana sin oración, sin una fuerte experiencia de Dios, corre el peligro de perderse o de convertirse en un simple tradicionalismo cultural, como el que flota en el ambiente en muchas de nuestras sociedades cristianas. Sólo a través de la oración se llega al encuentro personal con Cristo y sólo “el encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la lleva a la metánoia o conversión profunda de la mente y del corazón y establece una comunión de vida que se convierte en seguimiento” 18 . La Evangelización de los jóvenes debe ir a fondo, debe calar en la interioridad el hombre, debe renovar la conciencia y guiar la conversión interior, y esto sólo se consigue con una verdadera vida de oración, que busque la realización de la voluntad de Dios desde el diálogo con Él, una oración que descubra a los jóvenes el rostro de Cristo y los lleve a enamorarse de Él.
Otra de las grandes claves de la pastoral con los jóvenes es la Eucaristía. La Eucaristía es el lugar del encuentro con el Señor, es donde resuena con más fuerza ese “me amó y se entregó por mí” 19 de Cristo que invita a la correspondencia. Ser cristiano es vivir agradecido con Dios que nos ama, que ha enviado a su Hijo al mundo y que lo ha entregado a la muerte en la cruz por amor a cada uno de nosotros, para nuestra salvación; es corresponder con amor a un amor primero, a un amor de donación generosa y total; es vivir de acuerdo a lo que hemos recibido. Por ello, la pastoral de los jóvenes debe nacer de la Eucaristía , fuente del amor, y dirigirse a ella, poniendo así el corazón del joven en sintonía con Cristo, que se da y se entrega por él. La Eucaristía debe presentarse a los jóvenes como misterio de amor, como alimento, como sacrificio, como memorial. Tenemos que hacer un esfuerzo por proponer con más intensidad el culto eucarístico haciéndolo el centro de todos nuestros encuentros con los jóvenes. Las celebraciones eucarísticas vividas con profundidad en un clima de oración y de comunión van a revitalizar la vida cristiana de nuestros jóvenes. La Eucaristía es el mejor taller de la fe, donde Dios forja en el alma las virtudes teologales. Es el sacramento de la gracia, de la fortaleza, de la generosidad; el alimento de los mártires.
Otro gran campo en el que se debe insistir es el de la caridad . La caridad que nace de la Eucaristía y se difunde en el Cuerpo Místico de Cristo debe llegar a todos los ámbitos de las sociedades y, especialmente, a los jóvenes, los más necesitados de experimentar en profundidad la fuerza del amor de Cristo; un amor que viene de Dios y se revela en la cruz.
La cruz asumida con generosidad es la garantía de la vivencia del amor, un amor sólido, sincero, de donación generosa; un amor que descubre el misterio de la vocación personal. No hay que tener miedo a proponer a los jóvenes el seguimiento generoso de Cristo. Invitarles a vivir el mayor amor, la totalidad en el amor, es el mejor don que podemos hacer a los jóvenes de hoy, ansiosos de palabras de Vida Eterna.
+FRANCISCO ROBLES ORTEGA,
Arzobispo de Monterrey
- Cf. Catecismo de la Iglesia Católica , 1731.
- Cf. P ABLO VI, Clausura del Año Santo, 25 de diciembre de 1975.
- Para este párrafo y el siguiente, cf. J OHN F RANCIS C ARD . S TANFORD , “ Centinelas de la Aurora , los jóvenes en la vida de la Iglesia ante el tercer milenio”, L'Osservatore Romano, edición en español, 2000.
- Salmo 52,10.
- Romanos 5,5.
- Romanos 5,5.
- Cf. 1 Juan 2,5; 1 Juan 3,17
- JUAN P ABLO II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, 9.
- Cf. Isaías 21,11-12.
- Cf. J UAN P ABLO II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte , 9.
- JUAN P ABLO II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud , 14 de febrero de 2001, 2.
- JUAN P ABLO II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud , 14 de febrero de 2001, 4.
- JUAN P ABLO II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud , 14 de febrero de 2001, 5.
- JUAN P ABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza , cap 19.
- 123 Cf. C ONGREGACIÓN PARA LA D OCTRINA DE LA F E , Declaración Dominus Iesus , 16.
- JUAN P ABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza , cap 19.
- 125 Cf. Mateo 28,19-20.
- JUAN P ABLO II, Catequesis durante la audiencia general del miércoles, 6 de septiembre de 2000, 1.
- 127 Cf. Gálatas 2,20.
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