No. 32: UNA VIDA SOLITARIA

Nació en un pueblo casi desconocido, hijo de una mujer campesina. Creció en otra aldea. Trabajó en una carpintería hasta los treinta años, y entonces, durante tres años fue un predicador ambulante. Jamás escribió un libro. Nunca ocupó cargo alguno. Jamás se alejó trescientos kilómetros de donde nació. Nunca hizo cosas que identificaran a los grandes hombres. No tenía más credenciales que su propia persona.

Aunque caminó por muchas partes, curando a los enfermos, devolviendo la vista a los ciegos, sanando a los inválidos y resucitando a los muertos, los principales líderes religiosos se voltearon contra Él. Sus amigos huyeron. Lo entregaron a sus enemigos y soportó la burla de su juicio. Fue escupido, flagelado y ridiculizado. Fue clavado en una cruz entre dos ladrones. Cuando Él moría, sus verdugos se jugaban la única pieza que poseía en la tierra y que era su capa. Cuando se había muerto, fue colocado en un sepulcro prestado gracias a la merced de un amigo.

Veinte siglos han pasado desde entonces, más hoy Él constituye la figura central de la raza humana y es el líder de la columna del progreso.

Todos los ejércitos que jamás hayan marchado, todas las flotas que han sido construidas, todos los parlamentos que jamás hayan sesionado, y todos los reyes que jamás hayan regido, ¡TODOS!, no han afectado la vida del hombre sobre esta Tierra como esa... Vida Solitaria.

 

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